¿Por qué nadie ríe cuando hace el amor?
¿Por qué nadie ríe cuando, pasados los juegos preliminares del amor, risas, sonrisas y miradas, se entra de lleno en la fase final de excitación y orgasmo? Pareciera como si el acto sexual y con él su significado más profundamente biológico, aquél de la procreación y la supervivencia de la especie, fuese un negocio muy serio que ni la naturaleza ni los códigos de nuestro cerebro se toman a risa.
En el acto sexual se activan, de modo sucesivo, dos partes diferentes del sistema nervioso. En la primera, durante la actividad conductual preliminar del juego y el deseo, interviene una parte muy específica que produce la erección en el hombre y la lubricación vaginal en la mujer.
Es la activación del sistema nervioso que conocemos como sistema parasimpático, que también entra en funcionamiento ante situaciones de relajación y bienestar, sea ésta una conversación acompañada de buen vino, sea una charla con amigos alrededor de una buena mesa o sea, como es nuestro caso, los escarceos amorosos, el juego o la mirada más profundamente erótica que da paso a la ansiada genitalidad.
En este punto es cuando la actividad de nuestro sistema nervioso cambia de protagonista y entra en acción otro sistema nervioso antagónico al primero que llamamos sistema nervioso simpático. Con la activación de este segundo sistema deviene la excitación máxima y el orgasmo. Lo curioso es que este sistema nervioso también se activa en condiciones de alarma y lucha. Es el que sirve a los propósitos de defensa del organismo. En estas dos fases sucesivas de la actividad sexual se pasa de la gracia de la sonrisa espontánea y la relajación calculada, a la sonrisa erótica encendida y expectante y con ella a la seriedad más profunda y la contracción muscular más intensa y la eyaculación en el hombre y el orgasmo propio en la mujer.
Con estos prolegómenos ya podemos aproximar una respuesta a la pregunta con la que comenzábamos esta reflexión. Durante el acto sexual, en su segunda fase, no se ríe porque en él se están activando los códigos cerebrales más arcaicos, aquéllos de estrés, agresión y batalla y que durante millones de años han servido al ser humano y sus antecesores para seguir vivo.
Fuente original: http://www.buskonia.com


